Seda para un vestido floreado

19 Febrero, 2012
By Cristina

Un antiguo almacén de la calle Talcahuano solía exponer en la vidriera una serie de máscaras que pocos se detenían a mirar y muchos menos a comprar. En realidad no estaban para la venta, las alquilaban para eventos o fiestas. Siempre que pasaba por ese lugar me paraba en la vereda para observarlas, a través del vidrio lográbamos comunicarnos perfectamente aunque cada una tuviera su lenguaje y las historias fueran tan diferentes. Por eso, por sus historias, fue que me quedé particularmente entusiasmada, o mejor, fascinada con una de ellas. Quería llevarla conmigo, dejarla sobre la mesita de luz y que me acompañara cada noche. Y cada mañana también.

Me daba cierto pudor entrar a la tienda y preguntar el precio, sabía que no las vendían, por lo poco habitual de la adquisición, porque nadie más lo hacía pero además no me parece honorable pagar en esas circunstancias. Pasé por esa vereda durante dos meses y catorce días. Cada tarde entre las siete y las siete treinta me detuve ante la vidriera para visitar a cada una pero, más que nada, para dialogar con la mía.

Un miércoles de enero la noté triste cuando me iba, como si me reclamara, no me dejes sola, no me abandones. Esa noche tan calurosa casi no dormí pensando en ella, qué haría, por qué ninguna de las otras máscaras le resultaba una buena compañera, por qué estábamos cada una sin la otra siendo que nos necesitábamos tanto. Me levanté una hora más temprano, resuelta fui a ver cómo se encontraba antes de ir a la oficina. Sabía, conociéndome como me conozco, que no soy capaz de hacer ninguna cosa si me queda algo inconcluso.

Salí de casa corriendo como quien dice, por eso no le abrí la puerta del ascensor a la viejita del 4to. F ni saludé al portero. Recordé mientras viajaba en el 26 que no me había puesto el rouge. Recién al mirarme en el espejito que siempre llevo en la cartera noté que tampoco me había peinado. Los demás no parecían reparar en estas cosas, ¿no les importa?, ¿están medio dormidos por la hora? Entonces comprendí. Imposible que alguien de este mundo se ocupe de mi máscara, nadie habría de notar su existencia, y esto me atormentó más. Tan sola, siempre en el mismo lugar viendo las mismas cosas todas las horas de todos los días. Pobrecita mía.

Mientras caminaba por Talcahuano desde Corrientes hacia Rivadavia la ansiedad se apoderó de mí, no deseaba otra cosa que llegar. Quise ir más rápido pero no pude correr, o por la falta de costumbre o por los zapatos viejos, un dolor nuevo me invadió la pierna derecha, empezó en el pie y rápidamente llegó hasta la rodilla. A medida que daba algunos pasos se hacía tan intenso que me hubiera impedido llegar de no ser por mi tenacidad, paciencia y profundo deseo de verla.

Creí que el corazón se me saldría del cuerpo por la fuerza con que se aceleraba. Me detuve a dos metros de la vidriera casi en un pasmo cuando vi que la persiana estaba baja. ¿Qué hacer?, ¿llorar o patear contra el hierro?, tal vez lo mejor sería buscar un material cortante y pesado con el cual golpearla hasta que abrieran o violentarla si fuera necesario.

Increíble. Un desastre. En la puerta había un pequeño cartel donde anunciaban a su distinguida clientela un cierre de 72 horas por inventario. Resolví tomar un valium, ir al trabajo y enfrascarme en la correspondencia atrasada, distraerme, olvidar este desgraciado episodio sin volverme loca.

A media mañana mientras respondía una intimación por los caños de gas desaparecidos en la localidad de Ezpeleta, entendí. Era jueves, hasta el martes no levantarían las persianas. Sentí una fuerte puntada en la boca del estómago y al intentar levantarme no pude hacerlo, el dolor de la pierna derecha había vuelto ganando también la izquierda. Una compañera que venía con los jarros de mate cocido se apresuró a socorrerme, llamar al jefe de sección y pedir la ambulancia.

Es probable que haya perdido el conocimiento, no recuerdo nada del viaje hasta el Fernández y menos aun los detalles de la internación, sólo sé que al despertar me encontré en un cuarto de hospital. Sola como mi pobre máscara. Quise ponerme de pie para ir al almacén de la calle Talcahuano pero me dolían, además de las piernas, los dos brazos. Con gran esfuerzo, enorme, titánico diría, recuperé la ropa y me vestí.

Mis cosas parecían viejas y feas enfrentadas con los modernos modelos de la avenida Santa Fe. Casi sin pensarlo entré a un comercio donde dejé los últimos pesos por un vestido floreado de seda y unas sandalias bajitas de cuero blanco.

El dolor me desgarraba el pecho, así que subí a un taxi que me dejó en Talcahuano y Bartolomé Mitre. La vidriera estaba igual como si no hubiera pasado nada, en realidad nada había pasado todo estaba en el mismo sitio. Las máscaras parecían sorprendidas de verme quizá ya no esperaban mi vuelta pero la mía se puso felíz. Resplandecía. Creo que yo también. Estuve contemplándolas un largo rato mientras descifraba los mensajes mezclados, confundidos de todas hablando a la vez. La mía no pronunció palabra alguna, solo me miraba, exigiendo.

A mitad de cuadra había una obra en construcción, de allí elegí dos piedras grandes muy pesadas. Usando toda la fuerza de que fui capaz las tiré contra el vidrio. A pesar del escándalo que se formaba a mí alrededor, con extremo cuidado la saqué y corrí. Corrí sin descanso por Cangallo hasta llegar a casa. Nunca el pasillo me pareció tan largo y estrecho, temía encontrarme con algún vecino y que se diera cuenta. Ella permaneció callada. Claro, todo le resultará nuevo e imprevisto, me dije. Después, mucho tiempo después entendí que el silencio era por la satisfacción. No agradecimiento, satisfacción.

La primera vez que pude comparar nuestros rasgos fue en el ascensor, sin proponérmelo la había llevado apoyando su espalda en mi pecho. Reflejadas en el espejo éramos idénticas solamente nos diferenciaban mis anteojos y su expresión serena, parecía saber lo que habría de ocurrir segundo a segundo. Tampoco mostró asombro en el interior de la casa. Me dijo que prefería quedarse en la biblioteca así que allí la acomodé, en el sillón al lado de la ventana. Yo me dediqué a limpiar y poner orden, desde la mañana aquella no había vuelto.

En el baño me puse el batón verde heredado de la abuela  y colgué el vestido nuevo en el dormitorio para que no se arruinara con nada. Al volver espié el escritorio y allí estaba, como la dejé. Inicié mi tarea con grandes bríos, en unas escasas horas desde el living hasta el dormitorio hice relucir pisos, ventanas, muebles, todo, sólo faltaban la cocina y el lavadero. En ese preciso momento sentí nuevamente el dolor que empezaba otra vez por la pierna derecha. El final de la limpieza se me hizo más lento.

Acomodaba escobillones, cepillos y plumero en el lavadero cuando sentí fuertes puntadas en la espalda. Miles de agujas pequeñas me pincharan. Caí de rodillas sin poder hablar, arrastrándome llegué al escritorio pero ella no estaba o yo no la veía.

No sé qué pasó después. Tampoco reconozco el sitio donde me encuentro ahora al despertar. Si bien la oscuridad me confunde, lo más grave es el olor a naftalina que, concentrado en tan poco espacio, resulta anestesiante. Sin saber de horas, nada más distingo la noche del día cuando viene ella a buscar el hermoso vestido que compré para ir a rescatarla.

One Response to Seda para un vestido floreado

  1. alda on 26 Febrero, 2012 at 12:33

    Me encantó Cris, está buenísimo.

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Visión 29 (De Maximo Simpsom)

Las águilas volaron hacia el lecho del mar, / y los últimos perros ladraron extenuados. /// Las gaviotas huyeron, y cesaron los vientos. / Enmudeció el rocío, enloqueció la piedra. /// Los jaguares perdidos cayeron hacia el fondo, / y las últimas vacas mugieron largamente. ////

JOHN BERGER

No puedo decirte qué hace el arte y cómo lo hace, pero sé que a menudo el arte ha juzgado a los jueces, vengado a los inocentes y enseñado al futuro los sufrimientos del pasado para que nunca se olviden. Sé también que en ese caso, los poderosos le temen al arte, cualquiera sea su forma, y que esa forma de arte corre entre la gente como un rumor y una leyenda porque encuentra un sentido que las atrocidades no encuentran, un sentido que nos une, porque es finalmente inseparable de la justicia. El arte, cuando obra de ese modo, se vuelve un espacio de encuentro de lo invisible, lo irreductible, lo imperecedero, el valor y el honor. /// (Fragmento final de MINEROS, ensayo recogido en CADA VEZ QUE DECIMOS ADIOS. Traducción: Graciela Speranza. Ediciones de la Flor)