“No hay, al principio, nada. Nada. Las calles
mudas, desiertas, cocinándose al sol y arriba,
mustio, ceniciento, sin una sola nube, lleno
de astillas ardientes, el cielo.”
Juan José Saer
Es bien sabido que ya no tenemos descanso, va más allá de nuestras fronteras y controles. Afuera se habla y se habla de más, sin respeto a nada como siempre ha ocurrido en la radio y las revistas que no les importa destruir con tal de vender. La vergüenza digo, ha hecho que no podamos alzar la vista. Nadie logró que aquello permaneciese oculto.
Ud. llegó en mal momento y para colmo con una sonrisa burlona, imagínese cómo nos sentimos al escuchar sus primeras palabras “¿Es que nadie sabe quién soy?”. Como si pudiéramos pensar en algo más que en las desgracias que ya teníamos. Después de todo, cada persona que ha llegado antes que Ud. fue correctamente atendida, ninguno se fue sin recibir lo justo. No me parece bien y todos en el pueblo están de acuerdo conmigo, que hable en esos términos, ningún forastero tiene derecho a meterse en nuestros asuntos y menos si nadie se lo ha pedido. Hace muchos años nos pasó igual, estábamos en los preparativos de los festejos patronales trabajando la comunidad entera, con la organización del cura compramos una campana para el campanario porque era un problema llamar los domingos a misa de siete, sobre todo después de los bailes que se hacen desde siempre en La Tablada. Terminaban unos cuantos medio en pedo y entonces a esa hora no llegaba ninguno a la iglesia, el cura esperaba y esperaba. A eso de las ocho y media mandaba al sacristán gritando por las casas principales pero nada. Por ahí empezaban a caer las viejas que no hacían número, Ud. sabe, aquí la salud es difícil de mantener. No siempre viene el médico. Primero tuvimos uno, el hijo de don Ramiro iba a la facultad y en las vacaciones nos atendía, hasta el recibimiento, después se quedó allá y volvía cada vez menos, cuando murió don Ramiro vendieron todo, nunca más lo vimos. Después pedimos médico al hospital de la ciudad, ellos nos mandan ni bien pueden. Por eso le digo que las pobres viejas tienen problemas para llegar del otro lado del cerro con los dolores en sus piernas.
Bueno, estábamos preparando los festejos del patrono, Santo Domingo, algunos hombres reparaban el campanario que de falta de uso se venían cayendo pedazos del revoque y ya no quedaban más que ladrillos con un poco de mezcla, algunos lustraban la campana que brillaba lindo de tanto que le dieron con la ceniza. Las mujeres hacían los dulces para acompañar la bebida, al cura no le gusta que se tome sin comer algo antes, ponían la mesa para servir por toda la plaza, menos enfrente de la iglesia por no faltar el respeto ¿vio? Era un día lindo y no apretaba tanto el sol así que daba gusto ver a la gente en movimiento y contenta. Estábamos trabajando en la fiesta cuando llegaron así como Ud., de sopetón traídos por el viento caliente, dos forasteros. Venían en una camioneta grande, de la capital dijeron. Querían comer y pasar la noche en el hotel. Claro, hotel no hay. Ud. tenía que ver cómo se pusieron de enojados, como si los hubiéramos llamado nosotros. Así estuvieron peleando hasta que al maestro de la escuela se le ocurrió que alguno de las casas principales les acomodara una pieza, Ud. sabe, ellos siempre tiene mucho lugar vacío. Entre dimes y diretes convencieron a la Señora Mayor en lo de Funes, les mandó preparar el cuarto de huéspedes que hacía mucho tiempo no se usaba según me dijo después la Martinita que trabaja con ella desde siempre, ya la madre, Martina, estaba en la casa antes de aparecerse un día preñada y aunque nunca se supo de quién, todos sabíamos que el viejo Funes algo tuvo que ver. La Martinita quedó ahí, fiel a la Señora Mayor después de la muerte de la Martina y el viejo. Bueno, la Martinita pasó por aquí ese mismo día y me contó que el cuarto en cuestión no se usaba desde mucho tiempo atrás, la última vez fue cuando se casó el hijo y tuvieron que armar para recibir a la gente que vino a la fiesta. Cuando terminó todo el hijo se fue con la mujer y no volvió. Le escribe eso sí, pero no volvió. Así que la casa quedó más vacía y nunca se hizo necesario preparar ese cuarto. Tenía tanta tierra y humedad que la pobrecita trabajó mucho para dejarlo limpio y ventilado. Pusieron sábanas, flores y un tapiz que compró ella, la Señora Mayor, en su luna de miel. Mandó a la Martinita a verme para que le consiguiera unos licores, ellas dos, mujeres solas, no acostumbran a beber. ¿Y qué cree Ud. que hicieron esos dos sinvergüenzas cuando vieron la casa y tanto preparativos? Pues nada. Sacaron fotos eso sí, de la iglesia, la plaza, la comisaría, algún árbol. Y nada más.
Ud. comprenderá que no es tan fácil resolver sus cuestiones ni creer en lo que dice. Estoy prevenido a cualquier cosa que pudiera ocurrir, por otra parte mi posición hace que deba ser cuidadoso no sólo por mí sino también porque los demás confían en que sabré responder a las expectativas generales. Eso ha sido así desde siempre, mi padre y mi abuelo y todos los hombres de esta familia hemos estado acá. Cuando me enseñaban el oficio me explicaron del respeto y el rigor, fuentes imprescindibles para todo varón de bien. Ud. podrá ver que son cosas que a ningún habitante de este suelo le faltan, aun los que viven separados por el cerro, incluso más, hubo veces en que esos pobres nos dieron el ejemplo. Es muy triste ver casos de gente desubicada que jamás se enteran del ridículo que pasan y salen en las revistas haciéndose los lindos, muestran sus casas, los amoríos que tienen con cualquiera y los hijos que vaya uno a saber si los padres son quienes dicen serlo. Nosotros, en cambio, somos respetuosos de la intimidad, no nos gusta ventilar nada, por eso nos ha caído tan mal que se supiera de aquello. Mi posición, le decía, es muy delicada pero la suya está mala. Y no es que yo quiera intimidarlo, lejos está de mí una intención igual, he sido educado por los mejores maestros. Debe comprender cuál es la situación real.
Le decía que los forasteros sacaron fotos de todos lados, de aquí, de allá y del Remigio también que, distraído como estaba, no pudo correrse a tiempo. Viera cómo se quedó ese pobre hombre, vino a verme de inmediato con otros más, preocupados por la intromisión sí, pero también indignados por la falta de respeto. Qué se pensaban que éramos. Furiosos como estaban no los podía contener, querían organizarse para el contraataque. Los forasteros andaban en la iglesia, por la zona del aljibe viejo meta tirar piedritas adentro y estos otros cada vez más enojados. Intenté apaciguarlos hablando con ellos pero el Remigio dale que te dale con que lo fotografiaron unos desconocidos y que no sabía cuáles peligros podían caer sobre su persona y su casa. El cura le explicaba que no podía haber mayores inconvenientes, lo mejor sería organizar una novena en honor de Santa Cecilia, Ud. sabe, ella es muy milagrosa. El Remigio no quiso entender razones, amotinó a varios hombres valientes que no dudan en jugarse por el bien de un amigo. El cura les habló clarito sobre todo porque no creía que hubiera peligro alguno por una fotografía, les explicó que no era bueno para la fe ni estaba bien visto por Dios que creyeran en esas supercherías. Viera cómo se pusieron estos hombres, con el cura también se la quería agarrar, tuvimos que intervenir el maestro y yo para protegerlo. Qué cómo iba a negar algo que era bien conocido por todos, que tenía esa actitud porque no lo afectaba directamente, que era un egoísta y no se interesaba más que por las figuritas de su iglesia. El cura quedó petrificado no sé si por las amenazas o porque no podía creer lo que escuchaba, siempre supuso que era querido y respetado por todos incluidos los más menesterosos, como después me confesó en privado. Claro, en ese momento no atinó a nada, se quedó quietito sin abrir la boca por las dudas. Y fue prudente porque los muchachos también se tranquilizaron, aprovechó el maestro a proponer que se eligieran dos o tres representantes para hablar con los forasteros, su misión principal sería pedirles la inmediata devolución del rollo y que se fueran sin causar más daño a la tranquilidad del pueblo que supo acogerlos con la mejor buena voluntad y ellos no quisieron ver ni agradecer. Como esto parecía lo más atinado, sólo restaba elegir a los representantes para llevar el mensaje, resolvieron después de un moderado debate, mandar al maestro y a la señora de Funes. Para evitar tropiezos quisieron, unánimemente eso sí, que yo los acompañara.
Y así salimos, orgullosos con nuestra misión y la gran confianza depositada, venía la Martinita ayudando con el desplazamiento de la Señora Mayor. Habló el maestro que era el más instruido y les explicó su situación. Los forasteros se rieron, Ud. viera, sin ningún reparo por un buen rato, no nos hizo falta mirar para saber que las fuerzas del Remigio apostadas al otro lado de la plaza venían avanzando, lo supimos cuando se les borraron de un plumazo las ganas de reir a los dos a la vez. Entonces habló la señora de Funes que, aunque tartamuda por los años, pudo hacerse entender llamándolos a tomar conciencia de la perturbación que trajeron a nuestras tranquilas y metódicas vidas. Después de un breve silencio el maestro les pidió que recapacitaran y devolvieran a modo de reparación, la fotografía a su legítimo dueño. Yo no había dicho una sola palabra, extendí la mano. Como una ofrenda ellos depositaron allí el rollo. Sin agradecernos siquiera, subieron a su vehículo y se fueron rapidito como si los persiguiera un demonio. Inmediatamente el Remigio corrió hacia nosotros mientras el resto nos aplaudía y vitoreaba. Le entregué su motivo de preocupación. Claro, él no supo que hacer, entonces el maestro abrió el rollo pero mucho no creyeron que fuera suficiente porque lo quemaron y enterraron las cenizas guardadas en una bolsita. El cura se había encerrado en la iglesia, ofendido, según él, por miedo decían los otros. Empezó a verse un poco de paz y cierto intento de perdón cuando algunos propusieron seguir las tareas abandonadas, de lo contrario sería difícil festejar el día de Santo Domingo de acuerdo a los planes.
Desde entonces, el lugar de respeto que siempre tuve creció enormemente. Aunque se me consulta para toda situación relevante sea por litigios o peligros, mi función fundamental es poner el broche último a las decisiones mayoritarias. Por eso le digo que no es necesario que Ud. hable, yo he de resolver solo. Ud. llegó en mal momento y para colmo con una sonrisa burlona. Aquí sabemos apreciar el valor pero el valor no es suficiente para que un hombre se llame hombre. Imagínese cómo nos sentimos al escuchar sus palabras “¿Es que nadie sabe quién soy?”. Como si pudiéramos pensar en algo más que en las desgracias que ya teníamos. Le contaba que los forasteros se fueron, bien rapidito salieron del pueblo, ni siquiera esperaron los termos que habían entregado en La Tablada para que los llenaran de agua caliente. Y se fueron sin reparar los daños causados, no fue fácil convencer al cura de que no había nada contra él, se quedó en el altar chiquito rezándole a la virgen y no daba vuelta la cabeza ni para mirar quién entraba tras los ruidos de la puerta. Nadie se animó a interrumpirlo, cómo saber cuáles castigos divinos podrían caer sobre quien distrajera a un siervo de Dios en el momento de sus oraciones. Por otro lado seguí el Remigio vociferando contra la adversidad ante varios hombres de bien que lo escuchaban intentando consolarlo mientras se bebían unos licores, de los que preparan nuestras mujeres para las grandes ocasiones como era esa en especial, la del patrono. Fiesta que celebramos desde siempre. Mi padre, mi abuelo, el padre de mi abuelo y todos en esta familia la conocemos y respetamos desde antes de nacer porque nuestras madres se han ocupado de enseñarnos, así como hacen que nada falte, ni la comida ni el abrigo. Vinos, licores, pasteles, todo lo preparan ellas con sus manos. Empiezan unas semanas antes con los dulces y las masas. Se juntan muy temprano para no las moleste el sol del mediodía que aquí es muy fuerte y voltea a cualquiera por más acostumbrado que uno esté, ya lo va a comprobar. Ellas se reúnen cada día y van dejando en la casa lo que está listo. Yo no sé cuál es el orden, ni cómo deciden, tampoco quiero preguntar porque no es asunto mío. Estoy seguro que sus razones han de tener. Después siguen con manteles y puntillas que almidonan y planchan hasta que quedan como palomas en vuelo. Adornos en las mesas, eso es lo que ellas hacen. Y muy bien debo reconocer. Bueno, estos hombres se habían reunido en La Tablada para beber y conversar mientras el cura seguía empecinado en no salir de la iglesia, cuando terminó de rezarle a la virgen se le dio por cambiar las flores y velas del altar mayor, llamó a la Martinita para que lo ayudase a lustrar los bronces. La demás gente seguía con las reparaciones del campanario y los preparativos en la plaza de acuerdo a lo previsto. Ud. dirá que no pasaba nada fuera de lo común y yo tendría que responderle que no, que en realidad parecía todo muy tranquilo. Dada mi posición me resulta fácil ver los problemas antes de que lleguen. Y nunca me equivoco.
Esa noche debía ser de luna llena, para esa fecha la esperamos sobre el cerro antes de que desaparezca el sol por el otro lado. Pero esta vez no, ante la sorpresa general se desencadenó una tormenta de viento y tierra. La lluvia llegó unos minutos después. Qué podíamos hacer, cada uno corrió con lo que pudo agarrar hacia el refugio más cercano. Vimos volar como pájaro muerto todo aquello que pocos instantes atrás parecía fuerte y asentado en la tierra, mesas, sillas, macetas, perros. Un hormiguero en el momento de la inundación, ni más ni menos. Una mano grande y terrible nos estaba destruyendo movida por alguna ira desconocida hasta entonces. De pronto su furia arrastró el carro de la comisaría haciéndolo girar como una hoja hasta la campana. Ud. va a pensar que exagero pero no, siguieron dando vueltas juntos en una mezcolanza rara. A mi también me asustó. Por eso debe haber sido que tampoco yo reparé en la señora de Funes, había quedado sola con sus tartamudeos incomprensibles en medio del camino. Viera Ud. cómo quedó la vieja, hecha una con esa masa enorme marchando hacia la quebrada. Y de golpe todo terminó, así como había empezado. Si bien la pobre Martinita todavía se reprocha no haberla llevado con ella, en ese momento miró al cura con odio y desprecio mientras lo apuntaba con el dedo, él, él tiene la culpa de todo. Pedí, exigí tranquilidad. Me hicieron caso una vez más.
Poner orden en la plaza no sería nada fácil. Era necesario preparar un funeral digno de tan insigne figura. Enseguida elegí entre la mejor madera, ni se me ocurrió andar escatimando justo en ese momento. Los hombres se dedicaron a juntar lo que se voló, las mujeres barrieron y limpiaron lo mejor que se podía. Con el maestro y otros dos fuimos a separar el carro para leña, la campana que debía ser reparada cuanto antes si queríamos hacerla sonar en honor de la señora, y a la señora por supuesto. Se la entregamos a la Martinita para que la arreglara como se lo merecía. A medida que volvíamos a tener actividades nos fuimos tranquilizando, cuando ví que cada uno estaba en su tarea sin molestar al otro me fui a elegir un buen lugar. Pensé que el más apropiado sería en el extremo este, mirando al norte para que no siguiera sufriendo, bien lejos del viejo Funes y la Martina que los tengo ubicados en el extremo oeste, con el peor sol del verano, Ud. ya lo sabe. Algunas de las mujeres ayudaron en la disposición de la casa y a conseguir una mesa adecuada para apoyar el cajón. Se instalaron otras para las rondas de bebidas y sillas para las lloronas. Todo fue transcurriendo con la tranquilidad recuperada y la armonía propia de estas circunstancias. La Martinita recibía las condolencias y el cura se paró al lado suyo para hacer la misa de cuerpo presente.
No creo que valga la pena entrar en detalles tan dolorosos e íntimos. Sólo voy a referirle del gran cortejo y la multitud caminando en silencio por las calles detrás del cajón, tan bien hecho por cierto, hasta el triste momento del adiós final. Sin intervenir palabra alguna toda la comitiva nuevamente en silencio, pegó la vuelta a la plaza, lugar donde siempre se realizaban los debates importantes. La primera en hablar fue la Martinita, volvió a responsabilizar al cura por haberla metido en la iglesia debiendo así dejar sola a la señora. Muchas voces se levantaron para apoyarla, el enojo contra el viejo parecía bastante generalizado. El maestro dijo que había sido una desgracia, un accidente y por lo tanto era desacertado culpar a alguien, cualquiera fuese. Llamó a la cordura y a un momento de reflexión, sabido era por todos cuánto molestaba a la señora las exageraciones y desatinos. Aunque más no fuera por su memoria se hacía necesario un llamado a la meditación antes de herir sentimientos o decir algo por lo cual arrepentirse después. Si bien se tranquilizaron unos cuantos, el Remigio parecía incontenible; claro, como Ud. ya habrá sacado la cuenta, algo de más había chupado. Se acomodó la ropa y parándose arriba de una silla le dijo al cura que se animara ahora a venir con esos cuentos, de que no hay mal alguno en sacarle fotografías a un hombre, seguro que faltaban desgracias aun mayores. En un principio creyó que habían de caer sólo sobre su persona pero las consecuencias se estaban presentando por cualquier lado, ya era evidente que serían para el pueblo entero. El ánimo general volvió a enfurecerse sobre todo cuando repitió aquello de que otro gallo habría cantado si la foto se la hubieran sacado a él, al intocable señor cura. En medio del griterío el maestro pedía calma y la Martinita lloraba, si me pregunta por qué lo hacía, debo responderle que no lo sé.
Ud. ya habrá comprendido que a mí, hablar en público no me gusta pero la verdad es que esta historia ya me estaba cansando y no tenía más remedio, el pobre viejo no habría la boca ni para decir acá estoy. Y hacía bien. Por eso decidí romper el silencio, les hablé bien clarito, de la única manera en que sé hacerlo pero ha de ser lo que estaban esperando porque enseguida entraron en razones, se fueron dispersando con mucha calma. Quedamos en seguir el día siguiente con los preparativos para los festejos del patrono, ahora más que nunca era necesario celebrarlo, imagínese si él también se nos volvía en contra. Espero que Ud. comprenda la magnitud de estos hechos. Cómo pueden personas extrañas desacomodar tanta gente sin percatarse de haberlo hecho, porque estoy seguro y Ud. compartirá conmigo, que los forasteros se fueron sin darse cuenta. Y por más que todo esto no se compara a la gravedad de aquello otro, motivo de su visita, creemos que ha sido su consecuencia. Digámoslo claramente.
Después de tan tristes sucesos todo volvió a la normalidad, cada uno a sus tareas. Durante mucho tiempo escuchar la campana nos trajo un profundo pesar y llanto de las mujeres. Muchos llantos. A la fiesta del patrono le agregamos los honores a la señora, así, tres días antes hacemos una procesión partiendo de su casa a la iglesia, después pasamos por la plaza y el cementerio, desde allí vamos al valle para terminar otra vez en la plaza con cantos y una representación conmemorativa. La Martinita por no quedarse sola se fue a la iglesia para ayudar al cura, se crió cuidando a otros y esto no pudo cambiarlo nunca, mire que nosotros acostumbramos hablarle. Ella podía haberse quedado en lo de Funes, el hijo no vuelve. Además siguió mandándole cartas como si nada, total la señora nunca lo hizo, era ella, la Martinita quien escribía lo que le dictaba la vieja. Y su conciencia. Tampoco era cuestión de poner palabras tan duras para la nuera como si ella tuviera la culpa. La obligación era de él, aunque la mujer protestara. Claro que la madre siempre tira para los hijos. Y así le digo, pudiendo quedarse en la casa sin nadie que la gobierne se fue a ayudar al viejo y criticado cura después de haberlo acusado tanto. Cada dos por tres va a la casa a poner orden con cambio de flores y todo. Si me pregunta por qué lo hace debo responderle que no lo sé. Nunca la entendí bien del todo, ella siempre fue medio rarita ¿vio? Pero como no le hace mal a nadie, al contrario, no es cuestión tampoco de andar buscando la quinta pata al gato. Sin la aparición de los forasteros nada habría ocurrido. Esa fue la sabiduría que adquirimos después que todo terminó.
Ud. no va a comprenderlo en su magnitud e importancia. Ahora, que si se hubiera criado acá, con nuestra luna, no habría venido preocupado por aquello. Ud. como todo extraño, se fija en lo accesorio y circunstancial. Ella está muerta. Eso es lo que importa. Ud. no ha sido ajusticiado por que sí, el acto tiene un sentido profundo. Quiero que con estas palabras y el relato, comprenda. Ningún sacrificio es superficial. Lo único que nos molesta es haber perdido la intimidad, afuera hablan y hablan de más. Ud. llegó en mal momento y para colmo con una sonrisa burlona, imagínese cómo nos sentimos al escuchar sus primeras palabras. Como si pudiéramos pensar en algo más que en las desgracias que ya teníamos.
Cuento publicado en “Reversible”, Editorial Nusud, Bs.As., 1992
Genial! Me pareció realmente bueno
Súper complejo para escribir, ¿lo hiciste de corrido? Cómo conseguiste mantener el hilo, la cadencia, el ritmo, sino?
Excelente trabajo
Buenísimo!
Felicitaciones, Cristina
Muy bueno Cris, qué te habrá inspirado para escribir este cuento tan pintoresco por esos años. Me gustó la imágen de las cosas que volaron “como pájaro muerto”.